En un mundo digital y tecnológico, donde toma lugar la cuarta revolución industrial, cada día enfrentamos retos más grandes que exigen una solución cada vez más creativa. De ahí nace la obsesión con la "inteligencia" y las perspectivas SMART para lograr más en metas puntuales usando la menor cantidad de recursos posible.
Esta perspectiva, que ya tiene al menos un par de décadas en proceso de desarrollo e implementación, exige una evolución del talento humano. De hecho, de acuerdo con el estudio Future Skills 2020 que realizó el Institute for the Future, las 10 habilidades clave para el desarrollo laboral en los próximos 10 años no se refieren a conocimientos técnicos como fue el caso en el S.XX sino a habilidades vinculadas a la humanidad. Estas son:
- Capacidad de dar sentido e interpretar.
- Inteligencia social.
- Pensamiento nuevo y adaptativo.
- Competencias transculturales.
- Pensamiento computacional basado en datos.
- Alfabetización en nuevos medios.
- Transdisciplinariedad.
- Mentalidad de diseño.
- Gestión de carga cognitiva.
- Colaboración virtual.
Esto nos lleva a visualizar que un futuro inteligente no es posible sin talento inteligente, porque resolver problemas complejos no es posible solamente sumando visiones especializadas.
Los gobiernos enfrentan un alarmante reducido margen de maniobra en el gasto público, especialmente en proporción a las demandas ciudadanas cada vez más sofisticadas. En un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo sobre rigideces institucionales y flexibilidad presupuestaria se confirma que “la inflexibilidad del presupuesto es un problema común en Argentina, Colombia, México y Perú”. Seguramente no es muy distinto en el resto del mundo.
Sin embargo, esto significa que el sector privado tiene enfrente una gran cantidad de oportunidades de negocio para construir soluciones que permitan hacer más con menos. Es la era de las startups, del emprendimiento y de la atención a la medida. Basta con identificar que al menos 8 de las 10 empresas con mayor capitalización del mercado global iniciaron como start-ups y que de acuerdo con PA Digital, “36% de los españoles con edad laboral considera que este es el momento de iniciar su propia empresa, ya que se han generado nuevos nichos para desarrollar modelos de negocios alternativos”.
El llamado tercer sector cumple una función de brújula sobre lo que es técnicamente posible y deseable (academia) y lo que es de interés de los grupos sociales impactados (industria, gremios y grupos organizados). El usuario final por fin está en el centro del quehacer por lo que sus expresiones de preferencias son la mejor ruta para el éxito.
Los unos necesitan de los otros, en su capacidad de diálogo nace el entramado de la realidad inteligente.
El siguiente salto de paradigma ya se está gestando. Es el de la sociedad inteligente. No será el internet de las cosas, ni la conectividad, será el darnos cuenta como sociedad de todo lo que podemos lograr si eliminamos la gran cantidad de barreras que hemos impuesto con los años.
La inteligencia va más allá de la tecnología. Está en los equipos y las personas con visión. La inteligencia está en la innovación y la innovación más frondosa está en unir lo que habíamos tontamente separado: usuarios del transporte público con los proveedores (Uber, Moovit…), productos frescos con centros urbanos (PlantIn, Colvin, iCultor, ), entretenimiento con educación (ThePowerMBA, Kahoot…).
Lo que no deja de sorprender es la espiralidad de la historia, ya que no se trata de nada nuevo. En la antigüedad, los filósofos eran científicos y en el renacimiento, la medicina y el arte estaban unidos. ¿Cuánto más tardaremos en entender que el conocimiento no tiene barreras claramente definidas y que forzar tales barreras no tiene si no un efecto de pauperización?



