Cada proceso de comunicación es un pequeño milagro. Cada vez que un emisor cifra y emite un mensaje; cada vez que un receptor descifra y recibe el mensaje, hay miles de cosas que pueden salir mal. Y salen. A veces los pequeños desastres ocasionan sanas carcajadas pero en situaciones menos afortunadas pueden desencadenar hasta un conflicto bélico. Si se quiere vivir en paz y lograr los objetivos deseados, es indispensable aprender a comunicarse de forma efectiva.
Es cliché decir que solamente hay una primera impresión. Sin embargo, cuando se hace referencia a la “primera impresión” casi siempre se asocia con el arreglo físico y, tal vez, el comportamiento. Cuando hay un elemento central que pasamos mucho de largo: la primera conversación.
Uno de los consejos más repetidos es aprenderse el nombre de la otra persona. Es constructivo ir un paso más allá. No basta sólo con saber el nombre, es necesario prestar atención a cómo la persona se identifica y se nombra a sí misma.
Nombrar a la otra persona como desea ser nombrada es un gesto de respeto que abre las puertas a una comunicación cordial. Demuestra atención y voluntad de seguir las pautas mínimas con las que la otra parte se siente cómoda.
Por el contrario, fallar en esta muestra inicial de escucha activa, puede generar primeras impresiones incorregibles y cerrar total o parcialmente la puerta a un futuro. Hay al menos cuatro catástrofes que se pueden evitar fácilmente:
- Catástrofe clásica del igualado(a): Insistir usando la conjugación de segunda persona del singular “tú” cuando la otra persona claramente prefiere mantener la tercera persona del singular “usted”.
- Catástrofe del egocéntrico(a): Mientras para una persona se usa como identificador el grado académico/profesional o apellido (ej. Dr. López) para la otra se usa el nombre de pila o, aún peor, el diminutivo del nombre de pila (ej. Ale).
- Catástrofe del sexista: Usar diminutivos del nombre de pila para mujeres mientras ellas no usan los diminutivos con sus contrapartes. Otra vertiente es llamar a una persona en el género opuesto al que ella usa para referirse a sí misma.
- Catástrofe del sabiondo(a): Corregir permanentemente al interlocutor. Este caso se agrava cuando se combina con alguna de las catástrofes anteriores dando lugar a horrores como el “mansplaining” o el “whitesplaining”.
Por fortuna todas estas catástrofes tienen una prevención común: preguntar. Sí, preguntar la pronunciación u ortografía preferida para nombres, apellidos, nacionalidades o nombres de países, entre otros rasgos de identidad, demuestra cultura y respeto ante la amplísima diversidad humana. Así se puede elegir acertadamente entre “jamaicano” o “jamaiquino”; “indio” o “hindú”; “Ximena” o “Jimena”, “México” o “Méjico” y “Ale”, “Alejandra” o “Dra. Sánchez”.
Podemos debatir sin fin sobre si es correcto o no el lenguaje incluyente o si es o no sexista llamar a una persona por su diminutivo o si México se escribe con “x” o con “j”… Lo que sin duda resulta incuestionable es que el lenguaje sólo cumple su función en la medida que logre poner en común a las distintas partes involucradas.
El verdadero milagro hoy en día es lograr una primera impresión pulcra que no genere ningún tipo de rechazo inmediato por unos u otros. El secreto, muchas veces, está en decidir usar el lenguaje dentro del marco de valores común para lograr que el cifrado y descifrado en el proceso comunicativo protejan la esencia del mensaje. Si se tiene dudas, se recurre al respeto y la empatía. Si se sigue teniendo dudas, basta con escuchar, preguntar y repetir la receta.



